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La naturaleza, fuente de inspiración.

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El otoño es un momento único para disfrutar de colores, luces tenues, brumas… Los árboles cambian de color a medida que sus hojas se van secando, haciendo que se vistan de tonos amarillos y anaranjados tan intensos que, al ser atravesados por la luz, parecen dorados. Son pequeñas alteraciones que se van produciendo poco a poco, casi sin darnos cuenta, pero que constituyen un espectáculo, ya que producen sensaciones, recuerdos… Salir a caminar por bosques de castaños o robles son uno de los placeres que nos regala esta estación.

A lo largo de la historia, la humanidad ha ido aprendiendo de la naturaleza desarrollando grandes teorías (mediante la observación directa, la experimentación y el uso de la lógica), las cuales han promovido grandes cambios en nuestra vida diaria.  Pero no sólo nos ha aportado conocimientos científicos, sino también ha sido el referente para formular nuevas teorías filosóficas y para promover la creación de obras artísticas tanto musicales como pictóricas.

Durante el Siglo XVIII, fueron muchos los artistas que se refugiaron en la naturaleza y la consideraron su fuente de inspiración. Beethoven encontró en ella el cobijo necesario para poder sobrellevar su sordera,  fruto de este amor por los bosques compuso la Sinfonía nº 6. En las artes plásticas, artistas como Friedrich o Delacroix transformaron el tema del  paisaje en un género mayor, ya que consiguieron expresar emociones humanas a través de sus representaciones del Universo. Fue en este momento, cuando  los pintores comienzan a trabajar conforme a los dictados de su imaginación, expresándose a través de la pintura, buscando pintar ideas y sentimientos personales, que afloran fruto de ese encuentro con la naturaleza. Por lo que ésta fue el mecanismo que propició un gran cambio a nivel intelectual, artístico y social.

Actualmente vivimos en la era de la hiperconectividad, estamos conectados a grupos sociales, a bases de datos, a todo tipo de informaciones que recibimos casi en el mismo momento en el que se producen generando una falsa sensación de cercanía y proximidad. Todas estas nuevas formas de sociabilidad han hecho que cambiemos no sólo nuestros hábitos sino la manera de aprender, de redactar, generando una memoria procedimental olvidándonos de la memoria a corto y largo plazo, que es la que genera nuestros recuerdos.

En este sentido, adentrarnos en la naturaleza, hace que nos alejemos de la colectividad. Nos permite ver la cosas desde cierta distancia para tener consciencia de nuestra individualidad, la cual es necesaria para poder crear criterios personales, haciéndonos pensar por nosotros mismos, luchar contra la idea de sometimiento a los otros y afirmarnos en nuestra responsabilidad ante el mundo. Debemos intentar ser como decía Ortega y Gasset en “La rebelión de las masas” una minoría selecta: “aquel individuo que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona las exigencias superiores”.

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